
Soy
¿Quién soy?
"Soy de la franja de las que no tienen franjas.
Soy de las que están en la raya del medio, ni chicha ni limonada.
Festejo Pascuas y Pesaj, Navidad y Januca, Rosh Hashaná y Año Nuevo Gregoriano.
Soy argentina pero también uruguaya, y ahora, al parecer, tengo pasaporte portugués. Soy la frontera de todo, un pasito acá y un pasito allá. Podría describirme como el Río de la Plata, pero un poco más limpia, claro… Me gustan los grises, pero también soy blanco y negro.
Soy de las que saben lo que quieren, pero a su vez siempre hay un pero.
Soy la hermana del medio, ni la más grande ni la más chica. La conflictiva, dicen. La incomprendida.
No soy ni alta ni baja, soy promedio.
En la facultad nunca fui ni la mejor ni la peor, un 8 promediable.
Soy directora, pero también soy productora, autora y a veces hasta puedo ser actriz.
¿Está mal?
Se podría decir que soy medio putita de todo… Coqueteo acá, coqueteo allá, no me quedo con algo en particular.
Soy de las que no tienen un solo grupo de amigas, de las que se reparte, la que está en todos lados y en ningún lugar a la vez.
Soy de las que aman lo agridulce, lo clásico y lo moderno.
De las que disfrutan que se les congelen las manos en la montaña, pero también de las que se mueren por el olor a libertad que tiene el mar en la playa.
Soy de Géminis, no lo puedo negar… Está en mi gen la dualidad.
Piel mixta, ni grasa ni seca.
Soy de las que prueban todo, de las que en la mesa dulce de una fiesta se sirve un poco de torta de chocolate y otro poco de una frutal. Me gusta el balance de colores, un poco y poco. Aquí y allá.
De las que dejan el control en un mazo de tarot y de las que se cortan el pelo cuando salen de una crisis.
No me gusta el totalitarismo. Soy tibia para algunos. Ni jugoso, ni cocido. A punto.
Soy de la franja de las que las carcome la culpa por dentro, las que les cuesta hablar pero cuando hablan gritan."

Fallados de fabrica
"Mis manos entumecidas, una cama desarmada después de tener sexo, un cuarto oscuro. Una sensación de encierro y mi garganta completamente obstruida por mil palabras que no puedo sacar a la luz. Miro mi sombra que está pegada al armario en frente de la cama. Me veo oscura, como la pantalla de un celular cuando está con baja batería. Entra un rayo de luz muy pequeño por la ventana que está mal cerrada.
Al lado mío él, duerme, más bien ronca. Lo conocí tres años atrás, cuando una amiga nos presentó en una fiesta. Él siempre correcto e impoluto, nunca desaliñado, analista de riesgos y yo… bueno. Por muchos años tuve un disfraz puesto que me cuesta describir, el estereotipo de artista, quizá, de la rebelde. Pero lo cierto es que hay algo del orden, de lo estético que me atrae y lo necesito en mi vida. Apenas empezamos a salir, murió mi papá. Siempre te dicen que para amar a alguien, primero tenés que estar bien vos, pero yo estoy rota por dentro y por fuera hace un par de años. Mi cuerpo en silencio grita. Respiro pero el aire se comprime dentro mío un poco más, me da miedo.
Él se despierta de un susto, me mira preocupado, me intenta abrazar pero mi espalda y mis brazos se tensan tanto que se rompen un poquito más, siento las grietas como se van abriendo. Mis manos se enroscan con las sábanas, como si se ahorcaran a sí mismas, se me corta la circulación. Me doy cuenta de que la tensión cada vez es más grande, nunca antes lo había sentido así. Trato de concentrarme de nuevo en la respiración, en los podcast de mindfulness que escuché. Inhalo, exhalo, inhalo, exhalo… No puedo, el oxígeno no llega. La meditación es una mierda, todo una farsa con buen marketing. Me vuelvo un poco negacionista. Pierdo el control. Una respiración que me hace darme cuenta de que nada es igual, que todo se va derrumbando poco a poco. De mis ojos caen lágrimas de desesperación. Mi cuerpo en silencio pide ayuda a gritos otra vez. Por mi cabeza pasan mil y un pensamientos destructivos. Un “No puedo más” sale de mi boca como si escupiera las palabras de golpe. Él me abraza “Tranquila, acá estoy… si podés”. Aunque intenta calmarme, mis pensamientos van más rápido que nunca, la vergüenza de que él me vea así, ¿qué va a pensar de mi cara desfigurada? ¿Tendré la cara roja? ¿Hinchada?
Miro a mi alrededor, mi cuarto. Hace 4 años que vivo acá, un piso compartido con una argentina y una chica venezolana en el barrio más cheto de Madrid. Estas cuatro paredes son lo único mío dentro de la casa, cada rincón tiene su historia, su rutina, una ilusión desgastada que se fue diluyendo en el tiempo. Hay una ausencia que se percibe y está intacta. Una inocencia que se perdió.
La cama desarmada por completo, el resto impecable, limpio, pulcro como pocas veces. Ayer estuve tres horas limpiando a fondo para que él no note mi desorden mental reflejado en el quilombo de mi cuarto… maquillé todo, menos las plantas marchitas, moribundas que espejan como estoy y eso sí ya es imposible de esconder.
Él es un poquito de luz en mi vida y no quiero que se apague por mi mierda.
La vulnerabilidad se hizo presente más que nunca, me siento chiquita. Mi cabeza viaja al 2002, me veo con la ropa del colegio, la mochila de rueditas, la cara roja de tanto llorar por que me había picado una abeja en el pecho, desde entonces les tengo pánico. El dolor que siento es parecido pero permanente, un pinchazo que no para, una tristeza que no se va y mil pensamientos que se mezclan entre sí.
De pronto todo se ve nublado y yo lo único que necesito es un abrazo de mi papá, un “tranqui pichi, todo va a estar bien” y una caricia de mi mamá, mientras me hace las dos colitas como cuando era chica.
Una mujer que se vuelve niña en un instante. Por mucho tiempo intenté hacer como si la muerte no existiera, y ahora… acá estoy desnuda, con los cachetes rojos de nuevo, los ojos hinchados y una respiración que no se calma. Él está al lado mío, intentando contenerme, viviendo mi fragilidad al máximo. Yo siento que voy a estallar en mil pedazos como si fuera un vaso de cristal que cae directo al piso. Él me agarra las manos para que no me siga auto lastimando, me da besos y yo solo quiero salir corriendo. “Tranquila mi amor, yo estoy acá” repite en loop, sin saber muy bien qué hacer, porque nadie sabe qué hacer en estos momentos. Yo me doy cuenta de que un poco él también se está por romper. Entre tanto llanto se me escapa un moco, él se ríe y yo también. Se convierte en una mezcla tragicómica de sensación de agobio, con vergüenza, risa y nudo en la garganta. Intento respirar hondo, me ahogo entre la risa, el llanto y los mocos. Empiezo a contar hasta 100, y voy mechando una que otra respiración profunda. La angustia sigue intacta y el corazón late a mil, aunque la desesperación se va yendo de a poco. Estoy viva, no me morí, el pinchazo de abeja en el pecho sigue doliendo, pero creo que eso nunca se va a ir, ya es parte de mí.
Lo miro a los ojos con una mirada un tanto triste, “Elegiste una un poco fallada gordi” le digo. Él se ríe, me corre el flequillo que me tapa la mitad de la cara y con un tono dulce me dice “Todos estamos un poco fallados de fábrica amor, es normal".